Columnistas
Hora de pasar la página
El Mundial del 2010 debería habernos dejado muchas lecciones, sobre todo del como concebimos nuestra sociedad y hacia donde queremos llevar nuestro fútbol. La meta del 2014 suena bonita, pero...
Tras la conclusión de Sudáfrica 2010 empieza la cuenta regresiva de cuatro años más para Brasil 2014. Cuatro años, mil cuatrocientos cincuenta y tantos días que transcurrirán para que Iker Casillas y su pandilla intenten defender su primera corona universal, siempre y cuando lleguen a jugar en tierras amazónicas.
Pero en lo local, el Mundial no pasó (nunca lo hace) por debajo de la mesa. Y más cuando el ganador fue una de esas ‘colonias’ que tanta gente aglutinan en el país. España, el nuevo fenómeno mediático, el ‘nuevo Brasil’, el ‘nuevo Italia’, el equipo ganador, ese al que ahora coincidencialmente a todos les gustaba y todos aupaban ‘desde siempre’.
No está en tela de juicio en estas letras si la victoria española fue justa o no. De hecho, por su estilo y maneras, ‘la roja’ reivindica valores del balompié que parecían perdidos y que hoy se enaltecen en su triunfo, y se agradece que reaparezcan. El meollo de esto es el ‘enamoramiento’ o la suerte de ‘infatuación’ que vivimos como sociedad con cada ganador del mejor torneo de selecciones del mundo.
Ya lo expresé anteriormente, al venezolano le gusta lobuelo, ganar, sentirse victorioso. Quizás es por vivir en una permanente crisis, que las victorias de otros se hacen como nuestras, porque a lo mejor así compensamos las miserias que vivimos día a día.
Pero lo inaudito es que este fenómeno se da con la anuencia (y empuje) de medios y organismos del Estado, quienes se encargan en cierta medida de fomentar ese fenómeno de poco amor por lo propio y de exaltación a lo foráneo.
Resulta increíble ver como organismos policiales tapan vías enteras para permitir que los ‘españoles’ (que no son tales) celebraran ‘su’ triunfo mundialista, o como la competencia del rating llevó a los canales de tv a montar espectáculos lejanos del verdadero sentido del juego en las canchas, y más cercanos a conciertos o verbenas.
Lo rescatable de todo es que en el fondo, el mensaje que se trató de dejar (y que fue asimilado por pocos eso sí) era que este sería ‘el último Mundial’ sin Venezuela. Pero ojo, mucho cuidado, ¿Acaso o se hizo lo mismo tras las cinco victorias consecutivas del 2001, en el proceso de Alemania 2006?
Hay que estar claros, la oportunidad histórica del 2014 es importante, pero hay que tener mesura y ser cautelosos. La generación de mundialistas Sub20 apenas empezará a dar sus primeros frutos, a nivel de clubes las estructuras siguen siendo endebles, y aun ni siquiera se sabe como se va a jugar la Eliminatoria Suramericana y cuantos cupos habrá.
El camino a Brasil empieza en las canchas locales, en el apoyo que tengan los equipos de cada comunidad (ni siquiera los de las ciudades), que la cultura futbolera crezca y no sea algo de cada cuatro años, que se comprenda que la ruta a Río o Sao Paulo pasan por un proceso de ‘enamoramiento’ de los nuestro.
Ya es hora de pasar la página. Se acabó Sudáfrica, y el ‘apartheid’ de ‘pasteleros’ y ‘anti pasteleros’ debería cesar. Pero eso debería ocurrir con la conciencia y la claridad de todos los componentes de este conglomerado social llamado Venezuela.
Para ilusionarnos con el 2014, tenemos que enamorarnos de nuestra Vinotinto, aprender a amar a lo propio como sociedad en su conjunto, a gozarnos los jonrrones de Miguel Cabrera, a alabar las cestas de Greivis Vázquez, a ensalzar la tarea del equipo de la Copa Davis, por encima de España, David Ortiz o Kobe Bryant.
Ahí debe radicar la tarea de los que estamos en los medios, de las federaciones (ojo FVF) y de los entes estatales, no en una pugna por el rating o los patrocinantes, o por cuotas de poder. Pero esto es pedir demasiado. Al menos, deberíamos pasar la página y ponernos a trabajar todos, de una vez, para que el Gloria al Bravo Pueblo suene en Brasil dentro de mil cuatrocientos y pico de días.
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